Lo nuestro fue un flechazo.

Un flechazo de los de verdad, de esos que son como tienen que ser, de los que ocurren cuando menos te lo esperas. Porque para enamorarse en condiciones es requisito indispensable no pensar en ello, porque los flechazos de película no se buscan, te encuentran.

Vamos a imaginarnos un flechazo de esos…

Para empezar, hay que ponerse en una situación muy normal, cotidiana, aburrida y tirando a incómoda. Por ejemplo: la típica mañana que sales de casa veinte minutos después de lo previsto, acelerada y mirando el reloj “¡Buf!, llego tarde otra vez”. Para colmo arrancas el coche y ¡zas! se enciende la lucecita de la reserva, “¡vaya hombre, lo que faltaba!” Y allá vas, a la gasolinera, nerviosa y refunfuñando… Por supuesto, como es habitual, no te acuerdas en qué lado está el tapón del depósito de gasolina y has dejado el coche demasiado separado del surtidor, así que te toca pelear con la dichosa manguera mientras una maldita máquina expendedora te da instrucciones con esa voz odiosa y plana…, ¡aggg! Vamos, que no gritas porque está feo; por fin, a tirón limpio y jurando en arameo consigues llenar aquello.

El bolso abierto y desordenado, los pelos revueltos tapándote los ojos por culpa de la lucha y ese viento de los mil demonios, una uña rota…,¡mierda! En fin, que de esa guisa te armas de paciencia y te dispones a esperar turno en una fila kilométrica. Claro, no podía ser de otro modo. Mientras impaciente taladras el suelo (y los oídos del resto) con el tacón, sientes un ligero toque en el hombro y te vuelves, furiosa, pensando “¿y ahora tú de qué vas?” Pero no dices nada porque en un instante has perdido el habla y la consciencia –la conciencia aun no, pero todo se andará– y se te ha olvidado el cabreo y la uña y el reloj…, y sólo ves unos ojos inmensos, una sonrisa espectacular, una mano masculina, morena y bien cuidada y a su dueño devolviéndote todo el reguero de intimidades que ese bolso abierto había ido dejando en el corto trayecto de tu coche a la fila.

 No está mal, ¿verdad?

Bueno, pues ahora os voy a contar otro flechazo, real. Yo no estaba de mal humor ni me encontraba en ninguna gasolinera; tampoco soplaba el viento ni se me había roto una uña. No. Estaba en casa, tan tranquila, sentada delante del ordenador cuando de repente –como debe ser– un tal loff.it me dio un “toque” en Twitter. Curiosa, fui a ver quién era. Una mirada me bastó para caer rendida y ya no quise salir de allí. Así que me quedé. Hoy –366 días y 2281 “reviews con corazón” después– sigo tan enamorada como al principio. ¿Qué digo “tan”? ¡Más, mucho más! Porque aquí me siento bien, feliz, libre, alegre; porque aquí, además, me he encontrado con los sueños de Ricardo, los de Alicia y los de Berta; los sueños de ÁngelaFátimaMarta C.Marta A.Victoria (y Teresa), NoeliaTaniaSofíaRebecaPau (el escurridizo), JaimeJorgeFernandoRocíoTrykitaPedro y la tremendísima Lili Lipztig (que me encanta, nadie vaya a pensar lo contrario). Porque aquí todos bailamos al mismo son, al son de la música de Iñaki. Porque la elegancia, el diseño, la calidad y el buen gusto que loff.it destila solo puede fabricarse con corazón, con pasión, con ilusión, dibujando sueños y escribiéndolos, creyendo en ellos. Y por eso loff.it  “ES” . Y por eso, los reviews con corazón son nuestra bandera y “Life Looks Good” nuestro himno. Y los vuestros, los de todos aquellos que cada día os asomáis al corazón de loff.it  haciéndolo aun más grande. Porque sin vosotros, tampoco sería lo mismo.

No me olvido de los que estuvieron (Marta M., Pedro M., Marta L., Adrián, Camino)
Y adelanto una cariñosa bienvenida a quienes estáis por llegar. ;)

Life Looks Good! #

Reina, 18 de marzo de 2012

 

Cuando La Tierra tiembla.

Cuando La Tierra tiembla y el mundo se tambalea, el suelo se quiebra y se abre a los pies de los hombres tragándose todo aquello que han construido –y lo que no–, las aguas rugen furiosas y el viento arrasa con todo lo que encuentra a su paso sin distinciones de ningún tipo, en teoría… Porque en realidad, cuando La Tierra tiembla y el mundo se tambalea, los más desfavorecidos son los que más sufren. Y cuando hace exactamente dos años –el 12 de enero de 2010– la tierra tembló, el suelo se quebró y se abrió a los pies de Haití devastando el pequeño país caribeño. La vida de los haitianos antes de la catástrofe no era nada fácil, pero los que consiguieron sobrevivir al cruel terremoto conocieron el verdadero significado de la palabra destrucción.

Cuando la tierra se tragó al pequeño mundo haitiano también removió, en cierto modo, nuestro lejano y cómodo mundo. Todos –o la mayoría- nos sentimos un poco –o un mucho- Haití, a todos nos conmovió el sufrimiento del pueblo haitiano y nuestro suelo y nuestro corazón también se abrieron. Impresionados por la desolación y el dolor, todos intentamos aportar, ayudar y colaborar en mayor o menor medida. Por un momento, la red también fue Haití. Sin embargo, esa capacidad de reacción, esa generosidad, esa sensibilidad, esas ganas y todos esos buenos sentimientos que nos invaden son tan inmensos como la facilidad que tenemos para olvidar.

Menos mal que siempre hay personas con mucha mejor memoria para recordarnos que tras la destrucción y el sufrimiento de los primeros momentos, la vida sigue y sigue todo el rato, no se detiene. Menos mal que algunas personas que no olvidan nos recuerdan que Haití sigue existiendo y que los haitianos, dos años después del devastador terremoto, continúan reconstruyendo su pequeño mundo y siguen necesitando nuestra ayuda. Y gracias a Solidaridad 2.0, Somos Haití y a la gran labor que vienen realizando, hoy todos podemos seguir siendo Haití.

Si queréis conocer la organización, las actividades y la gran labor solidaria de las personas que forman parte de Somos Haití, pasad por su web, su Twitter (@Somos_Haiti) y su página de Facebook. ¡Vale la pena!

#somosHaiti #terremoto

Valle-Inclán.

Ramón María del Valle-Inclán y Montenegro nació el 20 de octubre de 1866 en Villanueva de Arosa (Pontevedra) y murió en Santigao de Compostela un 5 de enero de 1936 (hace ya 76 años).

Es uno de los autores clave en la literatura española del s. XX y, si me permitís mi opinión, un enorme escritor cuya genialidad sobrepasa todos los límites existentes. La producción literaria de Valle-Inclán es tan amplia como compleja: acometió todos los géneros literarios -novela, cuento, poesía, teatro, ensayo- sin ceñirse a las normas de ninguno de ellos. Estéticamente siguió dos límeas, una poética y estilizada influida por el simbolismo y otra en la que plasma una visión amarga y distorsionada de la realidad, sus esperpentos. Pero como decía Azorín, al leer a Valle-Inclán nos encontramos con un poeta, “es poeta, esencialmente poeta, poeta de un modo absoluto. Y de esa condición dimanan sus divergencias con los coetáneos”. Y continua Azorín: “El que se decida a entrar en el mundo del poeta ha de saber que se encuentra en un plano más elevado que el de los demás mortales y que la lógica de ese mundo será diversa de la lógica con que enjuiciamos los hechos del mundo corriente”. “En el lenguaje de Valle-Inclán es el adjetivo el que pone, en definitiva, la nota personal del escritor en la obra”. “Tiene un poder mágico el adjetivo en Valle-Inclán”.

Estas palabras no las he encontrado en Google, no. Estas palabras de Azorín forman parte del prólogo a las Obras Completas de Valle-Inclán, una maravillosa edición de 1944 que posiblemente ya no se encuentre en librerías, no lo sé con seguridad. Y para qué voy yo a escribir sobre Valle-Inclán cuando ya lo hizo Azorín. Os copio una parte de ese prólogo, el principio de mismo, un maestro escribiendo sobre otro maestro.

“En la mesa en que escribo tengo los últimos libros releídos de Ramón del Valle-Inclán y tres o cuatro retratos fotográficos del escritor. La primera imagen que conservo de Valle-Inclán se remonta a muchos años; ha pasado mucho tiempo y no acierto a discernir en esta imagen lo real delo ficticio. Sea real o ficticio lo que yo estoy viendo al tiempo de escribir, lo cierto es que tal imagen de Valle-Inclán domina toda la vida del escritor y se transmuta en símbolo de su obra entera. Valle-Inclán, en 1897, está sentado junto a la ventana de un café en la calle de Alcalá; ha venido de gestionar con los libreros de Madrid la venta de su libro Epitalamio; el libro, su segundo libro, ha sido impreso de un modo primoroso; la exquisitez en la impresión ha querido el autor que concuerde con la delicadeza de la obra. El libro es chiquito; no se mide la trascendencia de una obra por sus dimensiones; de esta obra tan chica va a derivarse todo un modo original en la literatura española. El autor ya lo presiente así y tiene por el libro que acaba de publicar a su costa un especial cariño. Y cuando ha ido, en su correr por Madrid, de un librero a otro, ha advertido el contraste brutal, acerbo, entre sus ensueños y la realidad [...] Ramón, después de su infausta correría, está sentado con sus amigos en el café y les va relatando la aventura. [...] Y con gesto decidido arroja por la ventana el librito que tenía en la mano. [...] es que al lanzar Epitalamio a la calle, lo lanza como un guante que arroja a toda la literatura industrial -siguiendo la cual hubiera tenido cabida con los libreros- y a todo un vivir literario”.

AZORÍN. Madrid, Octubre 1943

El prólogo consta de doce páginas más que serían muy pesadas de leer en una pantalla. Lástima pues la visión que trasmite Azorín sobre Valle-Inclán es inmensa, tanto sobre su vida y su brillante personalidad como de su obra y su revolucionario empleo del lenguaje.

Reina, 5 de enero de 2012

Aunque tú no lo sepas.

No, no lo querías ver. Tal vez ni siquiera podías; la venda era demasiado tupida y cada vez apretaba más. Tus amigas -esas que te llenaban la cabeza de pájaros- no le gustaban. Son unas golfas -te decía- andan siempre por ahí, provocando; un día van a tener un disgusto. También le molestaba tu madre. No entiendo qué tienes que hablar tanto con ella -se burlaba cuando sonaba el teléfono-, eres como una niña pequeña y estúpida pegada a su mamá. Y tu padre. Y tus hermanos…Y los niños, los niños también le molestaban, le sacaban de quicio porque les hacías “demasiado caso”. ¡Los vas a volver tan imbéciles como tú – chillaba- unos inútiles!

¡Pero eso sucedió hace ya tanto tiempo!

Cuando todavía tenías amigas -amigos ni de broma, claro. Y no es que ahora no las tengas, no. Ellas siguen ahí, siguen viéndose a menudo a pesar de sus trabajos y sus niños y sus maridos… Y te ven pasar siempre corriendo, sin pararte un segundo siquiera, no vaya a ser que ese fiera se entere. Y te echan de menos, pero prefieres no hablar y seguir escondida detrás de unas gafas de sol -incluso cuando llueve- y no mirarlas a los ojos porque ya no sabes cómo se hace. ¡Claro que no es culpa tuya!, ¿cómo se te ocurre semejante disparate? Tú sólo tienes miedo, mucho, muchísimo. Y es lógico porque los insultos duelen y las humillaciones y los golpes… Además están los niños… Ya… Te da pánico mirar a la niña -que ya no lo es tanto- y comprobar que cada día se parece más a ti, sobre todo cuando cuando agacha la cabeza y no se atreve a levantar la vista del suelo. Y el niño… Él sí se atreve a desafiar a su padre; te da pánico descubrir la rabia de su mirada cuando lo ve llegar pegando voces y exigiendo… Y el otro día fue peor porque se enfrentó a él. Sí, fue horrible porque le llamó cobarde y le paró el golpe porque el niño -que ya no lo es tanto- no se amilana y está dispuesto a defenderte por encima de todo, porque cada día está más harto y más alto y más fuerte…

Tú no lo sabes porque las lágrimas y el temor te lo impiden, pero no estás sola. Aunque él te haya aislado y amarrado, fuera hay personas que te pueden ayudar a romper las cadenas. Fuera hay una vida -otra- que te está esperando. A ellos también.